En los últimos años, se ha vuelto frecuente escuchar a líderes políticos levantar la voz en favor de la paz, repudiar los conflictos bélicos y condenar —con razón— la muerte de inocentes.
Frente a los horrores de la guerra, los discursos se llenan de llamados a la empatía, la solidaridad y la defensa de la vida. Sin embargo, no deja de resultar profundamente contradictorio que muchos de esos mismos políticos, que proclaman el “no a la guerra” con fervor moral, defiendan al mismo tiempo el aborto como un supuesto derecho.
El contraste es evidente y, para muchos, moralmente desconcertante. ¿Cómo puede alguien indignarse por la muerte de un niño en un bombardeo, pero justificar la eliminación de un niño en el vientre materno? En ambos casos se trata de una vida humana inocente, indefensa y sin voz propia. La diferencia no radica en el valor de la vida, sino en su circunstancia: la primera es visible y mediática; la segunda, invisible y silenciada.
Esta incoherencia revela una profunda crisis de valores en la política contemporánea. Se ha convertido en un lugar común defender causas “humanitarias” en público, mientras se promueven políticas que niegan la humanidad en lo más esencial: el derecho a nacer. Se apela a la sensibilidad colectiva frente a los horrores de la guerra, pero se apaga toda sensibilidad frente a la realidad biológica y ética del aborto.
El problema de fondo es que la defensa de la vida se ha vuelto selectiva. Se protege la vida cuando es políticamente rentable hacerlo, pero se la niega cuando resulta incómoda o ideológicamente inconveniente. Así, se construye un discurso de “paz” que en realidad está vacío de contenido moral, porque ignora la paz más fundamental: la que empieza en el respeto absoluto por la existencia humana, incluso antes del nacimiento.
Decir “no a la guerra” es coherente y justo. Pero esa coherencia exige también decir “sí a la vida” en todas sus etapas. No se puede hablar de derechos humanos si se niega el primero y más básico de todos: el derecho a vivir.
Mientras la política siga atrapada en esa doble moral —defendiendo la paz en los campos de batalla y promoviendo la muerte en los vientres maternos—, su discurso de humanidad no será más que una triste farsa.