Enseñanzas de la luna...
Si realmente viviéramos en una democracia perfecta la responsabilidad de lo que ocurre con lo político debería ser nuestra, los que formamos el censo electoral, y por votar como votamos. Han transcurrido más de cuatro décadas desde la instauración de la democracia en España, y ya va empezando a ser hora de asumir pleno protagonismo político y consiguientemente votar eligiendo con la máxima responsabilidad a nuestros representantes.
Creo que votar es un acto genuinamente democrático, que confiere la legitimidad de “poseer un título a los elegidos”, legitimidad que para ser completa debe unírsele la de “ejercicio”, y ello es una conjunción que no se da automáticamente, ya que consiste en hacer uso del poder concedido con equidad y prudencia en el día a día. No es fácil, pero es una condición “sine qua non” para la plena legitimidad del elegido.
En España, en orden a la legitimidad, empezamos con una clara involución, en la que seguimos, y no estoy loco, inmediatamente después del 11-M. No sólo elegimos mal entonces, sino que fuimos tenaces en continuar con el error: Rodríguez Zapatero fue Presidente nada menos que dos mandatos consecutivos, lo que da la medida de la decadencia de este país.
Después vino Mariano Rajoy, otro que tal, y que tuvo el encargo de enmendar la situación por mayoría absoluta y no arregló nada. Y, cuando creíamos que era imposible empeorar, apareció un tal Pedro Sánchez, el resistente colado en el sistema a través de una moción de censura, bajo palabra de no pactar con comunistas, ni golpistas ni filoetarras, lo que sin embargo hizo al día siguiente iniciando un periplo de demagogia y populismo difícilmente superables : con deconstrucción de los pilares de la nación.