Opinión

Cuando la corrupción deja de sorprendernos

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photo_camera Casos de corrupción en España | Composición: El Español

Otro escándalo político. Otra rueda de prensa. Otro día donde miles de personas reaccionan en redes defendiendo o atacando a un partido como si estuvieran viendo un partido de fútbol.

España lleva demasiados años viviendo entre escándalos políticos como para seguir fingiendo sorpresa cada vez que aparece uno nuevo. Otro caso, otro nombre, otro titular y otro dirigente intentando defender lo indefendible mientras gran parte de la ciudadanía observa con una mezcla extraña de enfado, cansancio y resignación.

Y quizá eso sea lo más preocupante de todo: que la corrupción ya casi no nos sorprende.

Nos hemos acostumbrado a vivir en una sensación constante de decepción política, como si cada nuevo escándalo simplemente confirmara algo que mucha gente asumía desde hace tiempo: que quienes debían representar a la ciudadanía terminaron alejándose completamente de ella.

Porque el problema ya no es únicamente un partido concreto, un gobierno concreto o un caso concreto. El problema es la sensación cada vez más extendida de que el sistema político español lleva demasiado tiempo deteriorándose mientras la ciudadanía pierde poco a poco la confianza en prácticamente todos.

Y lo peor es que mucha gente ya ni siquiera espera algo mejor.

Vivimos atrapados en una política convertida en trincheras permanentes. Si un caso afecta a “los tuyos”, se minimiza. Si afecta a “los otros”, se utiliza como arma arrojadiza. Hemos sustituido la reflexión por el fanatismo y la autocrítica por la defensa automática.

Nos hemos acostumbrado a vivir la política como si fueran equipos de fútbol. Celebramos que al partido contrario le vaya mal, buscamos constantemente el error del otro lado y convertimos cada escándalo en una competición absurda para ver quién es peor.

Pero hay algo que parece haberse olvidado por completo: cuando a un partido político le va mal, especialmente si es el que gobierna, las consecuencias terminan afectándonos también a nosotros como sociedad.

Porque detrás de cada crisis política hay incertidumbre económica, desconfianza institucional y un país cada vez más dividido. Esto no va de ganar discusiones en redes sociales ni de humillar al rival político de turno. Va de entender que el deterioro político de un país acaba deteriorando también la vida de quienes lo habitan.

Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí fuera. La vivienda es cada vez más inaccesible, los jóvenes viven entre la precariedad y la incertidumbre y la salud mental continúa deteriorándose mientras gran parte de la política parece más centrada en sobrevivir al siguiente titular que en reconstruir la confianza de la gente.

Porque esa es la verdadera crisis que existe ahora mismo en España: la crisis de credibilidad.¿Cómo puede una sociedad sentirse representada cuando los escándalos se acumulan gobierno tras gobierno? ¿Cómo se le pide confianza a la ciudadanía cuando tantos dirigentes terminan salpicados por sospechas, intereses o privilegios?

Y quizá lo más frustrante es que mucha gente cree que la solución es simplemente cambiar de gobierno. Pero la realidad es bastante más incómoda: la oposición tampoco parece representar una alternativa limpia o verdaderamente esperanzadora para una gran parte del país.

Ese es el punto al que hemos llegado. Un lugar donde millones de personas sienten que ya no creen realmente en nadie.

Y mientras tanto, los propios partidos políticos parecen más preocupados por el “y tú más” que por colaborar para que el país avance independientemente de quién gobierne. Porque gobernar un país no debería consistir únicamente en destruir al adversario político.

También debería consistir en ser capaces de construir algo juntos cuando lo que está en juego es el futuro de millones de personas.

España necesita oposición, crítica y debate. Eso forma parte de cualquier democracia sana.

Pero también necesita dirigentes capaces de entender que el país está por encima del espectáculo político permanente.

Y cuando la política deja de centrarse en mejorar la vida de la gente para convertirse únicamente en una guerra constante por el poder, quienes terminan perdiendo siempre son los ciudadanos.

Tal vez España necesite una gran jornada de reflexión colectiva. Una donde dejemos de votar únicamente por miedo al otro lado, donde dejemos de justificar lo injustificable dependiendo de quién lo haga y donde recordemos que los políticos no están por encima de la ciudadanía, sino precisamente al servicio de ella.

Porque la historia ha demostrado muchas veces que cuando quienes gobiernan empiezan a sentirse intocables, tarde o temprano la sociedad termina reaccionando.Y quizá haya llegado el momento de que la ciudadanía vuelva a exigir algo tan básico como honestidad, responsabilidad y respeto por las personas que depositaron su confianza en ellos.

No desde el odio. No desde la violencia. Sino desde la conciencia de que normalizar constantemente la corrupción y el deterioro político solo nos empuja a una sociedad cada vez más cínica, más rota y más desconectada de sí misma.

Porque un país no se destruye únicamente por los errores de sus dirigentes. También se destruye cuando su gente deja de creer que merece algo mejor.

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