En el cuento clásico, Garbancito debe cantar a voz en cuello (alias a los gritos pelados) para que nadie lo pise, dado su exiguo tamaño. Aún así es capaz de grandes proezas. Las mismas que, en la vida real, han conseguido los garbanzos cultivados por un equipo de científicos en suelo lunar. Esta es la historia.
Mientras la NASA prepara su regreso a nuestro satélite con la misión Artemis II, hay un dilema que ya no se puede seguir demorando: ¿qué comerán los astronautas cuando vivan allí durante meses? Transportar todos los alimentos desde la Tierra sería extraordinariamente caro y poco eficiente. Y, al mismo tiempo, alimentarse exclusivamente de sobres, es algo que afecta la salud física y mental de los viajeros espaciales. Por eso, desde hace años los científicos exploran la idea de crear pequeñas “granjas lunares”.
Ahora, un nuevo estudio, publicado en Nature, liderado por Jessica Atkin de la Universidad de Texas acaba de dar un paso inesperado en esa dirección. El equipo de Atkin ha logrado cultivar y cosechar garbanzos utilizando polvo lunar, con algunos ingredientes “secretos”. Es la primera vez que este cultivo se obtiene en un material que imita el suelo de la Luna.
El desafío es considerable. El llamado regolito lunar (el “polvo” que cubre la superficie de la Luna) no es suelo en el sentido terrestre del término. Carece de microorganismos y de materia orgánica, dos ingredientes esenciales para que las plantas prosperen. Además, aunque contiene minerales útiles para el crecimiento vegetal, también puede albergar metales pesados potencialmente tóxicos.
Para recrear ese entorno en el laboratorio, el equipo de Atkin utilizó un “simulador” desarrollado por la empresa Exolith Lab. Este material reproduce la composición química del regolito recogido por los astronautas de las misiones Programa Apolo hace más de medio siglo.
Pero había que enriquecer esta fórmula. Los responsables del estudio tuvieron que transformarlo en algo más parecido a un suelo fértil. Para ello añadieron vermicompost, un fertilizante producido por lombrices rojas que descomponen residuos orgánicos. En un futuro hábitat lunar, esos residuos podrían incluir restos de comida o incluso fibras de algodón procedentes de ropa y productos de higiene utilizados por los astronautas.
Aun así, faltaba otro aliado microscópico. Antes de sembrar, el equipo de Atkin recubrió los garbanzos con hongos micorrícicos arbusculares, organismos que establecen una relación simbiótica con las raíces de las plantas. Estos hongos ayudan a captar nutrientes y, al mismo tiempo, reducen la absorción de metales pesados potencialmente dañinos.
El resultado fue sorprendentemente prometedor. Cuando los científicos mezclaron el “simulador lunar” con vermicompost en distintas proporciones, las plantas lograron crecer y producir garbanzos siempre que el “suelo” contuviera hasta un 75 % de polvo lunar. Con concentraciones mayores, las plantas mostraban señales de estrés y morían antes de completar su desarrollo.
Aun así, incluso en esas condiciones difíciles los hongos demostraron su valor: las plantas inoculadas sobrevivían más tiempo que las que crecían sin ellos. Además, los investigadores comprobaron que los hongos podían colonizar el suelo y mantenerse vivos en él, lo que sugiere que bastaría introducirlos una sola vez en un sistema agrícola real.
Si bien la cosecha de garbanzos marca un hito simbólico, aún quedan muchas preguntas abiertas. Hay que analizar el contenido nutricional y comprobar si las plantas han absorbido metales tóxicos del regolito. En otras palabras: todavía no sabemos si esos garbanzos serían realmente comestibles para los astronautas.
