Fugarse con un trompetista

Hubo un tiempo en el que las familias de contrastada ejemplaridad y buena posición, las formadas por ricos industriales o pertenecientes al alto clero o de laureada familia castrense, sufrían el azote y la vergüenza de la comunidad de moral intachable cuando una de sus hijas, en un acto sin precedentes, cansada de observar una vida sumisa, daba al traste con los planes de sus progenitores de hacer un buen casamiento y se daba a la fuga con un pelanas de ocupación licenciosa encarnado en un trompetista, guitarrista, o tocador de algún maléfico instrumento.

Cayó como una maldición la decisión de Irene, Irenita, Nani para la familia, de modales exquisitos y maneras propias de su posición, sacada de aguas por el mismísimo gobernador civil de la provincia y educada en un colegio de monjitas, instruida por doctas de humilde condición a ocupar sus ratos de ocio presentes y futuros en tejer bordados.

La primera medida a la que debería resignarse la sediciosa y desagradecida sería la repulsa y desheredación, lo que de algún modo vendría a callar lenguas y llevar el peso de la desgracia en la intimidad familiar, a pesar de que las voces y los comentarios tardarían en silenciarse durante mucho tiempo: era lo acostumbrado en esas sociedades reducidas, en las que todos los parroquianos se saludan cortésmente en sus paseos matutinos transcurridos desde la Catedral a la Plaza Mayor, lo propio de los círculos cercanos y en apariencia amables, la cercanía a veces ansiada por los solitarios y tristes ocupantes de los apartamentos que hoy en día proliferan en las ciudades frías y distantes, como lo hacían las setas en los otoños lluviosos de antaño.

Entre la crítica y la envidia, recibió Irene también el rechazo de sus amigas de estudios y el de las de su infancia llamadas a perpetuar la familia como dios manda, sus linajes y sus salmos.

Se fue pues Nani a recorrer mundo, ligera de equipaje, sin escuchar el eco de lo que dejaba tras de sí, con un futuro incierto y el alma llena de sueños.

Como era previsible, el turuta –así se llamaba a los músicos en ese lugar en donde se nos hacía hombres– tuvo que bajar el listón de sus pretensiones y emplearse en trabajos precarios, con los que a duras penas ganaba lo suficiente para la supervivencia (en línea con los que no llegan a mileuristas en la actualidad, para entendernos), y cabe imaginar la dificultad de los primeros tiempos y la nula contribución de la que ahora su compañera de fatigas e incapaz de utilizar sus habilidades para ayudar al mantenimiento de la díscola pareja: es muy difícil la adaptación y el padecimiento que lleva la carestía, a pesar de las confesadas y sempiternas promesas de amor; más si cabe cuando se ha vivido entre algodones, tratada con lisonjas y bebido agua con burbujas.

Nani, cansada ya de tanta extravagancia, añoraba su vida anterior y mandó sendas fotos a sus padres con las caritas tiernas y compungidas de las dos niñas fruto del amor. Recibió la respuesta inmediata de los abuelos dispuestos ahora a echar una mano a la todavía joven pareja.

Inmediatamente madre e hija –hacía tiempo que ésta se parecía cada vez más a la primera– metieron en cintura al músico, porque de músicas celestiales no se come. Le cortaron el pelo, sin dejar al descubierto las orejas, como el Príncipe Valiente, lo que él consideró una victoria en la no claudicación definitiva de sus principios más arraigados y para no parecerse a un chupatintas cualquiera, y le pasaron por la vicaría. Después, el suegro, a pesar de su rictus serio y su voz firme, se congraciaría con él y le daría un carguito sin mucha responsabilidad en su empresa, suficiente para mantener a la familia.

Cuesta imaginarse que, hoy en día, interesados en una vida por obtener los mayores e inmediatos placeres que la vista alcanza, alguien abandone la comodidad del hogar para enfangarse en aventuras de difícil pronóstico. Más bien al contrario: se hace acopio y se luce hasta de lo que no se puede tener, y mientras los pudientes esconden la visa oro para no ser presa de los amigos de lo ajeno, los humildes hacen cuentas para comprar un BMW y pasearse por el centro de la ciudad, aunque nadie les reconozca.

Confieso que a mí no me hubiese importado escaparme con una trompetista. Al no encontrar a ninguna, pensé en interpretar mi propia música, pero no hubo instrumento al que pudiera sacarle nota alguna.

Antonio Pérez Gallego | Madrid

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