Puentes donde no hay río
Enseñanzas de la luna...
Los clásicos, en su exquisita prosa, tenían a la política en un pedestal en un inestable equilibrio entre lo angelical y lo diabólico.
Los no tan clásicos suelen aportar más detalles a la parte demoníaca de la política, es decir, la supuesta entrega a eso llamado “el pueblo”, pero una vez más, las hadas de la lengua juguetean cruelmente con las palabras para desvincularlas de sus sentidos naturales.
En realidad, quien de verdad cree y está movido por altos ideales, deja de interesarse por la política cuando descubre que bajo eso de “trabajar” por los demás se esconde el objetivo de evitar que los ciudadanos se preocupen de lo que les atañe realmente y se autoconvenzan de ser partícipes de historias concebidas para llevarlos por el camino que las mentes dirigentes proyectan.
En el fondo, y como decía Bismarck, con la lucha política y sus resultados pasa como con las salchichas, es mejor no ver cómo se hacen ya que así podemos quedarnos con la duda razonable de qué propósito se pretende.
La desafección con los políticos ha ido aumentando en los últimos tiempos alimentada por insensatos procesos de corrupción, argucias impresentables, negociaciones vomitivas o apoyos a planteamientos incompatibles con el bien común, y todo ello sustentado por los partidos de la vieja guardia (PSOE y PP), a los que se les suponen oscuros manejos propios de décadas en el poder.
Alguien dijo una vez que “muchos políticos son iguales en todas partes, ya que prometen construir un puente incluso donde no hay río” y, curiosamente, siempre encuentran a alguien que apoye sus ideas.