Abstenerse electoralmente diluye la democracia
Enseñanzas de la luna...
Si hacer que se oiga realmente la voz del pueblo en sus administraciones es la esencia de la democracia, abstenerse es permitir que otros gobiernen a sus anchas sobre las cosas de comer, sobre aquello que trasciende al barrio, al pueblo, a la comarca, a tu provincia o a tu región, o incluso desentenderse de las regulaciones que se ventilan allá en el corazón del Estado.
Podrá decirse que un solo voto no cambiaría nada, pero no sólo no es verdad, sino que ese es el yugo con el que nos llevan desde hace tiempo de cuatro en cuatro años.
De igual manera, podríamos decir que cada voto, cada crítica, cada opinión individual o colectiva condiciona y empuja las políticas en una u otra dirección.
La tozudez de los datos socioeconómicos señalan que España necesita cambios estructurales y de calado en temas como la persistencia de índices que alertan sobre la deriva de exclusión social, la complejidad histórica de nuestro entorno más cercano, la exigencia ciudadana de una mayor integridad de los representantes públicos...
Revertir todo eso requiere de una nueva gobernanza que contemple la participación electoral más amplia posible, especialmente de la juventud y de los colectivos más vulnerables, que son quienes primero necesitarían de buenos servicios públicos y del apoyo generoso de las instituciones, y es que paradójicamente, todos los estudios electorales indican que son éstos los sectores y colectivos más abstencionistas.
De modo que asumiendo que el futuro inmediato de esta nación llamada España pertenece y debe pertenecer a la gente que vive en ella, tendremos que entender que sólo desde el compromiso electoral será posible la esperanza y el cambio de rumbo.